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martes, 26 de octubre de 2010

UN SISMO EN MI COLEGIO


Ayer amanecí confiada de que mi exposición sería un éxito, pensé que ganaría el premio del que muchas solían hablar y desear.
Fui la tercera en llegar al colegio, ya quería que llegara la hora de mi exposición, no era la única que lo deseaba, todas mis compañeras rogábamos al reloj que caminase más rápido. Llegó la hora indicada, las campanas de la Iglesia se hacían sentir con nueve sonidos profundos; todas empezábamos  a acomodar las carpetas y a colocarnos como se nos había indicado, no pasaría más de cinco minutos cuando en la puerta se hacía la figura del profesor, todos quedamos en silencio y en muestra de respeto nos pusimos de pie y lo saludamos, empezó la clase.
Eran casi las diez de la mañana y ya habían expuesto seis compañeras, el profesor sacó otro número de la bolsita en la que hacía el sorteo y dijo: la otra afortunada es el número…, sólo escuchamos esas palabras antes que la tierra temblara, se escuchaban gritos de a lado, eran las pequeñas de primer año las que salían despavoridas ante el incidente.
Nosotras ya habíamos tenido charlas sobre el cómo debería ser nuestro comportamiento ante esos problemas, así que intentamos comportarnos como personas “maduras” y serias, aunque bien sabíamos que por dentro moríamos de miedo. El profesor asustado se sentó en su escritorio con una mano en el pecho sin hacer más nada, mientras que una compañera, la de señalización y evacuación, intentaba abrir la puerta, todo era sumamente angustiante, una compañera se acercó al profesor, que ahora estaba recostado sobre la mesa y en voz de reclamarle le dijo: profesor, ¿usted no nos puede ayudar?, todas esperábamos una respuesta coherente, pero sólo atinó a mover la cabeza en señal de negación.
La tierra estaba enfurecida, cada vez temblaba más fuerte. Ya empezábamos a desesperarnos; mientras un grupo intentaba abrir la puerta, otro se colocaba debajo de las columnas, éramos tantas para esa aula tan pequeña que era imposible que nos salvemos todas.
Encontré a una amiga rezando bajo su carpeta, estaba llorando con las manos juntas, entonces fui yo la que motivó a todas para que nos refugiáramos  debajo  de nuestras carpetas, todas así lo hicieron. Gracias a Dios el suelo ya no se movía tanto, todos nos habíamos salvado, incluyendo el profesor que se hallaba aún sentado en su escritorio.
¡Ahí hay alumnas!, ¡Ahí están!, fueron algunas frases que escuchábamos decir; ¡Aquí!, ¡Aquí!, ¡Sáquenos de aquí!, ¡Por favor!, decíamos nosotras, realmente asustadas; ¡Aléjense de la puerta, aléjense de la puerta!, nos gritaban de afuera, todas corrimos hacia el final del salón justo al lado del rincón de aseo, todo estaba regado por el suelo. Se escuchó un fuerte golpe en la puerta, era el profesor de matemática y el de historia. ¿Hay alguna herida? Preguntaron, todas nos miramos y respondimos casi inmediatamente que no. Fue el profesor de historia el que se acercó al profesor que se hallaba en el escritorio, lo movía y no respondía, lo alzó en sus hombros y lo llevaba casi caminado hacia el primer piso. El profesor de matemática, tratando siempre de mantenernos en calma, nos hacía formar “una fila india”, como él lo decía, y nos encaminaba también hacia el primer piso. Que sorpresa fue la que nos dimos cuando salimos, pues era nuestra aula y un laboratorio los únicos que aún estaban intactos.
En el patio del colegio se encontraban las demás alumnas en círculos pequeños, abrazadas, algunas cantando, otras tenían algunos cortes y/o raspaduras en su cuerpo, también habían las que no dejaban de llorar, otras nos miraban asustadas, era realmente angustioso ver a nuestro colegio de esa forma.
Había un lugar desocupado en el que aún se notaba que decía 5° “B”, caminamos con paso acelerado para colocarnos allí, al abrazarnos nos dimos cuenta que una de nosotras estaba herida, tenía una pequeña abertura en la parte superior derecha de su cabeza, ella aseguró que se había golpeado con su carpeta, a la hora de refugiarse debajo de ella.
Olvidamos las discusiones, las peleas, los entercados, olvidamos todo. Todas nos hacíamos abrazadas y asustadas.
Esperamos cerca de cinco minutos cuando la tierra enfureció de nuevo, las graderías empezaron a desplomarse, una sobre otra, todo el patio se llenó de polvo, cuando se escuchó una fuerte explosión en la cocina, ¡el gas! ¡el gas! Decían algunos de los profesores. La profesora de arte corrió a coger el extintor y con otros profesores se dirigieron hacia la cocina.
Las chicas gritaban, todas estábamos asustadas, había una sirena que no paraba de sonar.
Gracias a Dios todo fue pasando bien, los movimientos eran cada vez más lentos y todas ya estábamos tranquilizándonos, cuando a nuestro profesor de comunicación se lo llevaban en una camilla, se escuchó decir que le había dado un preinfarto.
La directora nos hablaba y nos ayudaba a rezar, traté de ver la hora, su reloj señalaba las doce de la mañana, cómo había pasado el tiempo. Nos dieron órdenes de regresar a nuestras casas, todas nos desesperábamos por salir y llegar a nuestro destino. Mi hermana y yo llegamos cerca de las dos a casa, fue tan difícil caminar después de tal desgracia, ella me contaba que su aula había sido, al igual que las demás, evacuada rápidamente  y que tuvieron muchas facilidades porque el movimiento sísmico las sorprendió cuando bajaban para dirigirse a cómputo.
Hoy nadie fue al colegio, a las justas dormí una hora, todos estuvimos pendientes de otro sismo. Me avisaron que mi colegio era el que había sufrido menos respecto al desastre y que mi profesor de comunicación ya estaba mejor.
Fue una experiencia realmente desagradable, menos mal que ya habíamos recibido charlas de cómo comportarnosseñalización, evacuación y el mantenernos tranquilas.
Hoy más que nunca queda claro: “Que sólo un colegio organizado previene desastres y el organizarse es tarea de todos”.

Seudónimo  “JEQUETEPECANA”

1 comentario:

  1. ezee cuuenTiiitO juee paal cOncuurzO de ezcuuelaaz Organiizadaaz previienen desasTrezz!!!

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